<%@LANGUAGE="VBSCRIPT" CODEPAGE="1252"%> Observatorio de la SI

La Sociedad de la Información a pie de calle

Metros de setenta centímetros

Por Manuel Gimeno
Director General de la Fundación Orange

La celebración de un Congreso de Observatorios de la Sociedad de la Información ha dado relevancia a un tema que para muchos ya se había convertido en una preocupación prioritaria: los indicadores utilizados en la medición de esta nueva sociedad. Entre los ponentes se oyeron voces que llamaban a la unificación de criterios, otras que reclamaban consideración respecto a la producción propia de índices y hasta hubo quien agitó al público con una diatriba acerca de la incomprensión demostrada hacia el fenómeno que representa este nuevo concepto, poniendo especial énfasis en la insensibilidad revelada por el inadecuado uso de indicadores, que poco o nada aportan al estudio de la influencia real y el valor económico que el conocimiento derivado del uso de las TIC está proporcionando a nuestras vidas.

Puede resultar cierto que no se ha llegado a un elevado grado de sofisticación en el uso de procedimientos estadísticos, en la definición de algún indicador o en la incorporación de algún otro, pero no parece que sean suficientes argumentos para echar por tierra la labor realizada. Hasta la fecha ésta ha consistido en la identificación de un, por otro lado elevado, número de hitos, jalones, muestras, llámese como quiera, que venían a definir usos y que se han cruzado entre sí procurando diferenciar entre ámbitos, actitudes o conductas. Todo ello ha dado lugar a un amplísimo muestrario de datos de cuya ordenación se han podido extraer tendencias, análisis de mercados, rankings de sabores agridulces, conclusiones precipitadas y acertadas deducciones.

Es cierto asimismo que no siempre se han concentrado suficientes esfuerzos en otorgar la necesaria credibilidad a los datos manejados. En ocasiones el mismo indicador no tiene idéntico significado para distintos investigadores; el uso de encuestas puede desvirtuar el resultado final según la muestra elegida haya sido más o menos aleatoria; la inexistencia de un pánel continuado en el tiempo falsea parcialmente algunas impresiones, … nada de ello invalida el trabajo llevado a cabo, aunque sea preciso tensar más la cuerda de medir.

La evolución lógica en cualquier proceso implica tanto la mejora de los procedimientos utilizados como la inclusión de nuevas acciones que vengan a perfeccionarlos. En este sentido, hora es de que el análisis cuantitativo (que debe seguir haciéndose), vaya cediendo parte de su protagonismo al cualitativo y se abran nuevas ventanas desde donde observar el efecto que las nuevas tecnologías tienen en la sociedad, cómo afecta a nuestra vida utilizar éste o aquél servicio y cómo hacerlo desde uno u otro medio, la repercusión que tiene en la cuenta de pérdidas y ganancias de una empresa el manejar con mayor o menor soltura herramientas pretendidamente competitivas, la satisfacción o el desencanto de los ciudadanos al comprobar las diferencias del online frente al offline. Es el momento de avanzar en el uso de medios que supongan la recolección de datos reales y que eliminen los interrogantes que presentan otros contextos de obtención de los mismos. Pero esto no significa que no se haya entendido el advenimiento de la Sociedad de la Información, que su aparición y su creciente presencia resulte inaprensible para, precisamente, aquellos que han posado su atención en ella. Por mucho que la reproducción fidedigna de comportamientos, en ocasiones hasta copia descarada de metodologías, haya podido mimetizar conductas y haya provocado seguir sendas trilladas sin interiorizar si las mismas son o no las más certeras.

Como no estamos encorsetados por un sistema métrico decimal, cuestionarse cada cierto tiempo si cien centímetros son un metro, no sólo no es anatema, sino que resulta mentalmente sano. Puede resultar que la comprobación nos depare sorpresas y ese metro resulte tener siete decímetros. Puede que los cien centímetros iniciales hayan encogido. Bienvenidas pues las nuevas teorías, sean o no rompedoras. Siempre habrá que agradecer los esfuerzos por articular un discurso que proponga nuevas metas o presente nuevos caminos, pero la argumentación que lo sustente debe ser lo suficientemente sólida como para ofrecer alternativas a lo ya construido. La necesidad de medir puede venir justificada por el deseo de controlar, o, como sugiere de manera mucho más poética Luis García Montero con los versos con los que concluye su poema “Segundas conclusiones”: “Resulta imprescindible, medir el tiempo de la realidad, y que no sea demasiado tarde”.