| UNIVERSIDADES
Y COMPETITIVIDAD
Andrés Font
Director
de Análisis y Prospectiva de la Fundación Auna
Eisenhower Fellow
Uno de los retos más importantes con el que deberá enfrentarse
España en los próximos años, principalmente por parte
de las Comunidades Autónomas, será, sin duda, el de transformar
a sus universidades respectivas en activos estratégicos al servicio
de su competitividad regional.
Y ello será así en la medida en que el desarrollo de una
economía basada en el conocimiento es, cada vez más, un
elemento consustancial al progreso de los países desarrollados,
lo que sitúa a las universidades –centros de conocimiento
por excelencia- como componentes esenciales del sistema económico
de estos países.
De hecho, esta circunstancia no es una novedad, piénsese, por
ejemplo, en el caso de Massachusetts que ha sabido aprovechar extraordinariamente
bien el contar con universidades tan prestigiosas como Harvard o el MIT,
para convertirlas en su principal ventaja competitiva. O el caso de la
Universidad de California en San Diego, una universidad sin el prestigio
internacional de las anteriores, pero que, sin embargo, ha sido inteligentemente
utilizada por la ciudad del sur de California para erigirse en uno de
los nuevos polos high-tech. Y no se trata de un fenómeno exclusivamente
norteamericano, como ponen de manifiesto ejemplos como el ‘Oxford-Cambridge
Arc’ en Inglaterra, el de los institutos tecnológicos Technion
y Weizmann en Israel o el de la Universidad de Niza en Sophia Antipolis,
etc.
Sin embargo, y ello es esencial entenderlo, estos casos que se han mencionado
de aprovechamiento estratégico de las universidades no son más
que la ilustre avanzadilla de un fenómeno que tenderá irremediablemente
a generalizarse por dos razones principales: por la propia expansión
de la economía del conocimiento y, segundo, porque en esta economía
quienes compiten son fundamentalmente las regiones y ciudades en cuyo
ámbito de influencia es donde actúan las universidades.
Por todo ello sería muy oportuno que se suscitara un debate en
nuestro país, acerca de qué debería hacerse para
lograr que nuestras universidades, en la medida de sus posibilidades,
puedan asumir esta nueva misión.
Debate que, a mi juicio, debe partir de las siguientes premisas:
- Las universidades no tendrán más remedio que ser, cada
vez más, generadoras, y no meras transmisoras, de conocimiento.
- Asimismo, tendrán que aprender a compatibilizar su función
social tradicional, la educativa, con su nuevo carácter de instrumento
estratégico regional.
- Deberán, también, aunar una visión internacional
de sus actividades con un enfoque regional de sus responsabilidades.
- Estas responsabilidades deben ser entendidas en un sentido amplio,
abarcando aspectos económicos, sociales, culturales y de calidad
de vida en general.
- En contraprestación a lo servicios prestados a la Comunidad
por parte de las universidades, los gobiernos autonómicos deberán
proporcionales el máximo apoyo institucional.
Se trata, pues, de llegar a establecer un auténtico partnership
estratégico Universidad-Región que desarrolle y aproveche
todo el potencial universitario que, como hemos visto, va mucho más
allá de las típicas actividades de formación, I+D
y transferencia tecnológica, y lo sitúe como pieza angular
de la estrategia regional.
De alguna manera, lo que se pretende es hacer con las universidades algo
similar, aunque mucho más formalizado y ambicioso, que lo hecho
con las Cajas de Ahorro que se han convertido de facto en efectivos instrumentos
–de financiación- de las políticas públicas
de las CCAA.
Ahora bien, todo esto sólo será posible si las dos instituciones
–gobiernos autonómicos y universidades- son conscientes del
reto planteado y se convencen, empezando por la propia universidad, de
la importancia que ésta tiene en la nueva sociedad del conocimiento
y de los cambios que conlleva. Aquellas CCAA y universidades que antes
lo hagan, partirán con ventaja en la carrera por la competitividad
regional que ya ha empezado.
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